La Voix du Luxembourg · 21 de julio de 2003 · à Bruxelles, Isabelle Saussez (texto) · (Photo: AP) (foto)
Artículo, La Voix du Luxembourg, 21 de julio de 2003 : « Fiesta nacional en Bélgica La monarquía, «cemento» de los belgas » (Roller Parade).
Texto del artículo · traducción
Bélgica celebra por todo lo alto su fiesta nacional y los diez años de reinado del Rey Alberto II. A los tradicionales Te Deum, desfile militar y fuegos artificiales, se suman este año numerosas festividades populares en las que participa toda la familia real. En un momento en que las reivindicaciones separatistas son cada vez más intensas, el Rey y sus allegados se afirman indiscutiblemente como los símbolos de la unidad belga.
Bruselas vive jornadas de lo más reales. Conciertos, baile popular, marcha en patines, desfile de bicicletas, desfile de motos, animaciones callejeras... Bélgica ha echado la casa por la ventana para celebrar los diez años de reinado del Rey Alberto II. Porque diez años de reinado se celebran, sobre todo para quien era visto como un «Rey de transición».
A la muerte de Balduino, el 31 de julio de 1993, el pueblo belga llora a su Rey. Cientos de miles de ciudadanos desfilan ante sus restos mortales. Aquel que en 1951 accedió al trono en pleno conflicto de la Cuestión Real, había logrado reconciliar a la población con la institución monárquica. Diez días después de su fallecimiento, su hermano menor Alberto presta juramento en el hemiciclo de la Cámara, ante los parlamentarios electos y los representantes de todos los cuerpos constituidos. A sus 59 años, Alberto II se convierte en el sexto Rey de los belgas, para sorpresa de numerosos observadores que esperaban que el mayor de sus hijos, el Príncipe Felipe, ascendiera al trono. Balduino había convertido, en efecto, a Felipe en su delfín designado, confiándole misiones oficiales y dotándolo de un sólido equipo de colaboradores y medios.
Pero a sus 33 años, al joven Príncipe le faltaba sin duda experiencia. Y Alberto, primero en la línea de sucesión de Balduino, no ocultaba su motivación para asumir la sucesión de su difunto hermano.
Ruptura de estilo
La llegada de Alberto II al trono marca una continuidad «filosófica» pero una ruptura de estilo con Balduino. Modesto, bon vivant, aficionado a la velocidad, sencillo, humilde, no faltan calificativos para designar a este «Rey de transición» que terminó por imponer su sello. Pues si hay una institución belga que no ha atravesado ninguna crisis durante estos últimos diez años, es precisamente la monarquía. Últimamente, la familia real se ha acercado decididamente a los ciudadanos. En 1999, cuando el trauma de los casos Dutroux, la dioxina o Agusta-Dassault aún estaba muy presente, el Palacio anuncia el matrimonio del Príncipe Felipe y Matilde. Cientos de miles de ciudadanos participan en sus «joyeuses entrées» en las ciudades del país. Durante meses, la imagen de los recién casados está por todas partes.
El nacimiento de la Princesa Isabel y el matrimonio del Príncipe Lorenzo confirmarán la popularidad de la familia real. Según los últimos sondeos, más del 70 % de los belgas piensa que el país debe seguir siendo una monarquía, una monarquía a menudo presentada como el cemento de un país constantemente sometido a tensiones comunitarias.
«Is dit Belgisch? C'est du belge!»
La Constitución confiere competencias políticas restringidas a la familia real. A lo largo de las reformas institucionales, el poder político del Rey no ha dejado de erosionarse. Pero para los observadores bien informados, la razón de ser de la monarquía está en otra parte, en lo simbólico, en lo afectivo. La familia real se presenta como el símbolo de la cohesión del país, de una Bélgica unida en su diversidad.
Las festividades de este fin de semana reflejan esa imagen. Bajo el lema «Is dit Belgisch? C'est du belge!», las animaciones populares congregan a la Bélgica de arriba y a la de abajo, demostrando una vez más el deseo de poner de relieve la identidad y los valores nacionales belgas.