Aldo Gigli · Cofundador del Mirano Continental · decorador y grafista
La transmisión del oficio, y el cine en común
Desde que Carl De Moncharline llegó al Mirano, Aldo Gigli lo guió: la organización interna del club, la distribución del control, los temperamentos de cada uno. Esas conversaciones tuvieron lugar durante innumerables cafés, en el snack situado justo al lado del club. Allí no había ni curso ni método, solo un hombre mayor que se tomaba el tiempo de explicar, sin hacer nunca sentir la diferencia de edad ni la de estatus. Es una forma de transmisión que no deja rastro escrito y que, sin embargo, dura toda una vida: cómo cumplir un plazo, cómo defender una idea frente a un equipo, cómo entender a quien se dirige uno antes de hablar.
Los dos hombres compartían también una pasión por el cine. Carl prefería el cine de autor, Aldo era un gran coleccionista de bandas sonoras. Esa complicidad se concretó durante el Festival de Cine de Bruselas, para el que diseñaron juntos los decorados, la comunicación y una cafetería inspirada en la Nouvelle Vague. Aldo realizaba las maquetas de estos proyectos en su despacho, junto al Mirano. En K comme Communication (KCC), la agencia de publicidad del grupo, Carl era el asistente de dirección de arte de Marco Roland: fue en esa configuración que trabajaron, en equipo, sobre su pasión común.
El Mirano, de por sí, nunca dejó del todo de ser una sala de cine. Al comienzo de la noche, antes de que la noche se desatara, todavía se proyectaban películas. Las butacas del antiguo cine habían desaparecido, sustituidas por sillas metálicas sencillas; se fumaba, se comentaba, se reía, y cada proyección se convertía en ritual colectivo, excesivamente festivo. Carl continuó perpetuando esa función primera del Mirano: hacer entrar el cine en la noche, y la noche en el cine.
En 1981, el Mirano presentó “Polyester” de John Waters, con Divine, en su proceso “Odorama”: cada espectador recibía una carta numerada del uno al diez, que debía rascar en el momento en que el número aparecía en pantalla para liberar el olor de la escena. Mucho más tarde, durante su propia etapa en el Mirano, Carl retomó esta idea de “scratch and smell” para las fiestas Luna Park.
Los archivos de Carl conservan varios flyers de esas películas proyectadas en el Mirano en sesiones de antes de la noche. Testimonian una programación que no se contentaba con ocupar una sala antes de que abriera la pista, sino que prolongaba la identidad del lugar: el cine como inicio de la fiesta, y la fiesta como continuación del cine.
Ese despacho, atestado de tintas, rotuladores, tableros y discos, era un lugar de trabajo tanto como un lugar de conversación. Allí se hablaba de películas, de músicas, de proyectos, y se salía con una idea que se había vuelto realizable. Muchas de las fiestas que Carl firmó después comenzaron con una frase dicha allí, entre dos maquetas.
Aldo Gigli también trabajó en París, para cine, teatro y publicidad, colaborando con Nana Mouskouri, Yves Simon, Catherine Lara, Alain Delon y Stéphanie de Monaco. Un escenógrafo que se mueve de un plató de cine al escenario, y luego del escenario a la pista de baile, no construye una decoración de discoteca: construye un lugar en el que el público entra como si accediera a una película. En 1998 dejó Bélgica por la Costa del Sol, donde siguió diseñando casas privadas, restaurantes y clubs, sin dejar nunca de dibujar lugares para los demás.
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Historian: This sign is absolutely incredible. It is a lighthouse in the night and it really is something to attract people from far away. And then, once you are close, you find yourself in what is called this funnel entrance. It says it well, you could almost call it a suction entrance, to draw in the passer-by.
Historian: Saint-Josse really was a little Hollywood, because there were not only screening rooms, many of them, as in many Brussels municipalities, but the film industry itself had settled there.
Historian: In the 1930s and the 1950s people had no television. It was their only chance to see images, newsreels, films. You were seated inside a very luxurious ensemble in which, as at the Mirano, everything was geared to the spectator's pleasure and to showing off the spectacle.
Historian: The transformation of the Mirano into a nightclub in 1981 is rather delightful, because there is a very short time between the closing of the cinema in 78 and the reopening. It keeps a place from falling into dereliction, into abandonment. And above all it is the resumption of a very coherent project, a project of conviviality where people come to meet and enjoy themselves. What better could you wish for a former cinema?
Bruno Bulté: For me, music is dance. I dance, that's it. I dance for hours and hours and hours. I dance, I express myself, I have a blast. I never took a class. I was a choreographer for Alain Chamfort, for instance, without any diploma, choreographer or whatever. I am a club dancer. And for me music is also an emotion. It is a drive that is utterly primal from the moment you are born.
Bruno Bulté: The heartbeat is the first percussion you feel. I don't even know whether you hear it, but you feel it. You wake up and...